Aportes

  • Duda y realidad: El uso político de los Derechos Humanos
  • Doubt and Reality: The Political Manipulation of Human Rights
DOI: 10.5354/0718-0527.2014.32960

Resumen

El siguiente ensayo filosófico trata el complejo tema de los desaparecidos en la última dictadura argentina, conocida como Proceso de Reorganización Nacional. El estado nacional secuestró, torturó y asesinó a miles de ciudadanos sin un juicio oral y público pasando todo el andamiaje jurídico a la clandestinidad. Muchos niños fueron secuestrados y reconducidos a nuevas familias con una identidad cambiada. Con el retorno a la democracia, varias agrupaciones civiles buscan a esos niños de ayer que hoy son adultos. Pero ¿hasta que punto una persona puede ontologicamente asumir una identidad fuera de su vida biográfica? Nuestra tesis apunta a que el Kirchnerismo como proyecto ha tomado el tema de los “nietos recuperados” como un mecanismo ideológico de disciplinamiento en una nueva forma de hacer política, donde lo conspirativo abre el juego a dos realidades antagónicas.

Palabras Claves

identidad; represión; desaparecidos; política; conspiración

Abstract

The present essay review explores the complexity of “desaparecidos” (dissapeared) in the last Argentinean dictatorship, known as Proceso de Reorganización Nacional (National Organization Project). The apparatus of state hosted, jailed, kidnapped and assassinated thousand of civilians without any formal trial according to the law. Several babies were passed to new families in the ignorance of their real identity. With the return of democracy, many organizations sought these children almost 40 years later. To what an extent ontologically one person may take a new identity beyond its biography? Our thesis is that “kirchnerismo” as a political project over-valorized the point of “nietos/as recuperados” (recovered grandsons and granddaughters) as a disciplinary mechanism of control to introduce a new way of producing power, where the world is cut in two contrasting realities.

Keywords

identity; repression; disappeared; politics; conspiracy

Introducción

 

El 05 de Agosto del año 2014, una noticia conmocionaba la opinión pública argentina, latinoamericana y mundial, el nieto número 114 recu­perado por la Asociación "Abuelas de Plaza de Mayo", tenía un 99.9% de compatibilidad genética con Estela de Carlotto, su presidenta y activista de los Derechos Humanos, mundialmente reconocida y premiada por su la­bor humanística. El mismo 05 de Agosto, pero de 1977, las Fuerzas Arma­das le habían secuestrado a su marido. ¿Coincidencia, deseo divino de restitución o una simple farsa política?, ¿cómo puede filosóficamente leer­se este evento?

La cuestión de la identidad ha estado presente en la mayoría de las literaturas llamadas mitológicas. Los héroes fundadores de las diferentes culturas son hijos de dioses a quienes nunca conocen hasta llegada la edad adulta, o incluso otros son arrebatados de sus cunas por miedo a re­presalias y son criados por campesinos pobres que les niegan su identi­dad. Por regla general, la característica esencial del héroe es su excepcio­nalidad y su identidad real/divina, desconocida hasta la adultez. Como bien explica el profesor Bauza (2004), el secreto y la identidad "negada" son dos aspectos importantes en la etnogénesis del héroe mítico. Las raí­ces mismas de la tragedia se remiten a una identidad que no debe ser re­velada, aún con la muerte de Tebas. Menke (1996, 2008) no duda en afir­mar que Edipo no despierta a la tragedia por haber matado a su progeni­tor, pues, en su completa ignorancia, no tiene conocimiento de quién es su enemigo. La tragedia comienza cuando Edipo pide saber las causas de la peste que azota a su reino y, ante la cruel verdad, decide tomar la justi­cia por sus manos. Por lo expuesto, la identidad ha sido objeto de estudio para la filosofía durante centurias.

Sin lugar a dudas, no hay una analogía más fidedigna de lo qué es y cómo funciona la tragedia que en los diferentes regímenes represivos acaecidos durante los setenta en Latinoamérica. Miles de disidentes políti­cos fueron pasados a la clandestinidad, encarcelados, torturados y asesi­nados sin un juicio justo por parte de un Estado que originalmente estaba destinado a protegerlos. La metáfora del mal se hace carne y toma sentido cuando quienes, orientados a una función específica, por miedo, ambi­ción, venganza o cualquier otra pasión, corrompen su esencia, invirtiendo su rol original (Calveiro 1998; Timmermann, Feierstein 2014; Korstanje 2013b). Con el advenimiento de la democracia, aquellos respon­sables de estos actos criminales fueron enjuiciados públicamente y conde­nados, siguiendo los estrictos protocolos del código penal. Obviamente, la democracia facilitó para miles de sobrevivientes el nexo vincular con sus familiares perdidos. "Los desaparecidos" comenzaron a tomar fuerza de alegoría, a la vez que agrupaciones civiles como las Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina, gestionaban legalmente recursos personales para en­contrar el paradero de sus nietos, la mayoría adoptados por familias subs­titutas o incluso por los mismos captores de sus hijos/hijas.

El presente ensayo no busca cuestionar la labor apasionada y ho­nesta de estos grupos, sino ahondar en los usos y abusos impuestos por la posmodernidad (como proyecto) sobre la memoria y la identidad. En una primera fase analizamos la filosofía de la película Matrix, la cual alude al origen de lo que llamamos "identidad imposible". En segunda instancia, hacemos una lectura crítica del kirchnerismo y su obsesión por los grupos de Derechos Humanos y asociaciones civiles de lucha por la Recuperación de la Memoria (algunos de ellos incluso distanciados con la dirigencia po­lítica). Ajeno éticamente a la lucha de estas agrupaciones, el Kirchnerismo (que una década anterior conformaba las filas del Menemismo) ve en los Derechos Humanos y en el dilema de la identidad robada un campo fértil para instalar una nueva forma postmoderna de generar lo político, en donde el sentido de la realidad queda fracturado en dos polos irreconcilia­bles. Como discutiremos en este ensayo, la importancia de alterar el senti­do de realidad radica, no en la confusión que despierta en la ciudadanía, sino en que orienta el proyecto hacia aquello que no es, el futuro. En otras palabras, el futuro toma importancia en la medida que el presente descon­cierta. No importan las causas de los eventos que hoy afectan a la ciuda­danía, sino lo que el gobernante propone desde ahora en más.

 

La post-modernidad como proyecto

 

Los padres fundadores de la sociología estuvieron preocupados por el avance industrial y sus consecuencias sobre el mundo social. Uno de los pioneros en estudiar los efectos culturales del capitalismo ha sido Max Weber (1978, 2009). Para él, el capitalismo estaba lejos de legitimarse por las bases de producción. Por el contrario, su lógica era puramente cultural. Las sociedades medievales no solo desconocían el usufructo del capital (un punto bien ilustrado por Marx 1975), sino también el control racional de los efectos o lógica legal-racional. Este proceso, para Weber, irreversi­ble por naturaleza, anunciaba un declive del mundo religioso; fenómeno también conocido como el "desencantamiento del mundo" (Weber 1978, 2009). Esta misma preocupación compartía el erudito alemán con otro gran pensador, Emile Durkheim (1995), quien estipulaba que el avance de la modernidad iba a destruir el lazo social de las comunidades deterioran­do la confianza. Empleando las etnografías vigentes, Durkheim hace una polémica pero profunda lectura de las diferencias entre las sociedades primitivas no occidentales y la europea. Si en las primeras coexistía un alto tradicionalismo, apego a las costumbres religiosas, el derecho consuetudi­nario, en las segundas primaba el contrato comercial, el dinero, la secula­rización y el cambio social. Claro que, desde el diagnóstico de los padres fundadores hasta la época actual, queda un largo camino por recorrer y es en ese sentido que el presente ensayo intenta ser un aporte.

Estudiosos culturales como Jameson (1984) caracterizan a la post-modernidad como un "collage", un "pastiche" desde donde se impone lo superficial, lo estético, aquello cuyo impacto es instantáneo y no requiere mayor esfuerzo. Por su parte, Eagleton (2004), por su parte, llama la aten­ción sobre el cinismo de ciertos intelectuales que atacan la superficialidad del posmodernismo sin reparar en sus raíces o causas principales, como ser el flujo del capital y su alta movilidad. El poder de la ideología no radi­ca tanto en lo que se dice o se permite ver, sino precisamente en aquello que se silencia pero sigue soslayadamente tan presente en nuestra vida que no atinamos a cuestionar. Las críticas de los jóvenes a los ideales de ilustración no solo serían infundados sino recubiertos de una gran duda. La paradoja, explica Eagleton (2004), es que los jóvenes disidentes que piensan saberlo todo sobre Foucault, realmente no piensan lo que creen que piensan. De esta forma, en el posmodernismo se puede hablar de to­do y a la vez de nada. Se puede tocar el tema de la cultura humana pero no de la naturaleza humana, de género pero no de clase, de postcolonia­lismo pero no de burguesía. El posmodernismo ha desafiado y puesto al descubierto a la mayoría de las instituciones, de forma que si todas las convenciones son arbitrarias, las prácticas sociales deben estar circuns­criptas a cierto individualismo. Lo material ha dado lugar a la hegemonía del dinero y del signo por el cual se crea más dinero, dando rienda suelta a los placeres y el determinismo reduccionista del libertinaje (Eagleton 2004).

 

El poder del capital es ahora tan terriblemente familiar, tan sublimemente om­nipotente y omnipresente que incluso vastos sectores de la izquierda han logra­do naturalizarlo, tomándolo por garantizado como una estructura tan incon­movible que es como si apenas tuvieran coraje para hablar de él. (Eagleton 2004: 47)

 

El mercado mueve una fuerza anti-elitista, la que también nivela to­da distinción bajo un uso de igual jerarquía abstracto como el dinero, cuya significancia se encuentra vinculada al valor de cambio. En esto mismo coincide tal vez uno de los filósofos más desconcertantes y brillantes del siglo XX, Jean Baudrillard (2006). El mundo moderno actual se caracteriza por ser un simulacro, plagado de pseudos-eventos. Para comprender me­jor la naturaleza del pseudo-evento, Baudrillard pide que nos remitamos a la película de Steven Spielberg, Minority Report. Según la obra, la policía logró reducir el crimen en un 99.9% por medio de los precogs, adivinos cuya habilidad es potenciada por alta tecnología. La eficacia del precog, consiste en "preconcebir" al crimen en el futuro, es decir antes de que ocurra. Desafiando todo el derecho romano, la policía arresta a los poten­ciales criminales antes de cometer el acto. Baudrillard (2006) sugiere que se mueve de igual forma la modernidad, haciendo creer que las razones existenciales del presente y el pasado se encuentran en el futuro. Esta misma lógica la he estudiado (ver Korstanje 2010, 2011b) en el campo de los desastres naturales y la cobertura mediática, con iguales conclusiones. Empero, ¿cuáles son las causas para esta nueva época?

Heilbroner (1999) establece tres causas primeras del capitalismo moderno. La primera es la búsqueda de nuevos mercados que comenzó con el descubrimiento de América por parte del Imperio Español, seguido del humanismo, corriente que cuestionó seriamente lo postulados de la religión. Entre ellas, la prohibición católica sobre el usufructo y la usura que permitieron fortalecer el mercado financiero anglosajón. Por último, la ciencia moderna y el sentido de innovación sentaron las bases para la concreción de diferentes tecnologías que cambiaron la postura del hombre frente al trabajo y la acumulación.

Harvey (1989), es seguramente uno de los académicos cuyo diag­nóstico de la post-modernidad ha dado en las causas del fenómeno. La lógica postmoderna se explica por una ruptura epistémica en donde el fu­turo permite desdibujar el lazo que el hombre tiene con su tradición. Sin embargo, las ciencias sociales han hecho un uso muy laxo del término, llevándolo a un estado de confusión en donde lo postmoderno se sitúa al lado de lo estético, lo político, lo cultural, etc. Harvey explica que la pos­modernidad es antes que nada un proyecto económico, cuyas consecuen­cias han tenido un impacto directo sobre lo social y lo cultural. Si la Ilus­tración pretendía la concepción de una verdad única e inmutable, la mo­dernidad comienza a minar esa fe gradualmente hasta el punto de cues­tionar seriamente el progreso como entidad autónoma de la explotación. De todos modos, los mecanismos racionales de control en mundo mo­derno eran eficaces porque introducían no solo el orden sino la necesidad de estabilidad por medio de la cual las clases se hacían asimétricas. La ideología moderna funcionaba porque demostraba al ciudadano medio que el progreso era posible y que ser pobre era un problema a ser solucio­nado. Empero, un tercer quiebre que viene de la mano de la guerra Árabe-Israelí y el bloqueo de petróleo pone en jaque las economías de Europa y Estados Unidos. Las sociedades industriales no solo comienzan a ver con asombro que sus economías no controlan los recursos básicos para su subsistencia, sino que la producción a escala (sistema que caracterizaba a la vida industrial moderna) ya no era sustentable. La post-modernidad como proyecto enfatizaba en una idea de realidad subjetiva, construida y negociada por el agente. Las grandes teorías y verdades postuladas por la Ilustración daban lugar a nuevas doctrinas donde era preferible el valor de lo individual. Ya el mundo no era uno, sino varios y diferentes todos ellos ajustables a los deseos del consumidor-ciudadano. Se da, en resumen, progresivamente una serie de quiebres y fragmentaciones de saberes que conllevan a una confusión metodológica subordinada a una lógica de con­sumo capitalista y a una vida social basada en el cálculo racional de los efectos (especulación). El post-modernismo alcanza también una idea de fragmentación pero sin intentar contrarrestarla, como sí lo intentaba el modernismo, partiendo de varias narrativas todas ellas consumidas por el sujeto y su voluntad. Si una de las características fundamentales de la mo­dernidad era hablar por los otros pero respetando un único argumento, la posmodernidad enfatizará en que todas las minorías tienen su propio de­recho a expresarse y a ser aceptados (concepción pluralista). Los textos narrativos de los actores serían complejos textos y voces que anteceden y destruyen la posibilidad de instaurar cualquier meta-narrativa. Básica­mente, el post-modernismo quiere perfilarse como una forma de experi­mentar y estar en el mundo pero su fragmentación conlleva a un proble­ma psicológico el cual no ha sido observado en otras épocas, el riesgo, la ambigüedad y la incertidumbre. El desarrollo de Harvey (1989) es por de­más interesante pues nos ayuda a pensar de otra manera a la post-modernidad. La descentralización económica ha llevado a crear una desorganización epistémica en donde no importa la verdad sino que la verdad de uno sea aceptada. 

La cuestión de la identidad ha sido una obsesión persistente en Oc­cidente desde los socráticos hasta nuestros días, solo que, dependiendo el contexto histórico ella ha tomado diversas formas. Para el griego antiguo, la identidad es sinónimo de linaje, de status patrimonial. Fijo e inquebran­table, el linaje es el último de los reductos del hombre frente a lo descono­cido. Por ende, una identidad sustituta o tergiversada era sinónimo de tragedia. Para bien o para mal, el vínculo del ciudadano con su tradición era estable. La modernidad, por el contrario, nos trae otra forma nueva de ver la identidad donde el deseo individual prima por sobre el linaje. El ciudadano moderno selecciona proactivamente aquellos aspectos que ha­cen a una identidad siempre deseada. Uno es quien quiere ser. No menos cierto es que esta nueva forma de concebir la mismidad y al otro traen al­gunas complicaciones. Cuando alguien altera su identidad se encuentra decidido a cambiar su pasado, su experiencia biográfica para abrazar una nueva figura que todavía no es. Se encuentra a la espera de poder rees­tructurar su experiencia en pos del futuro (Giddens 1997).

 

La Matrix y el concepto de realidad

 

¿Porque la película Matrix es tan importante para nuestro análisis? En la trilogía, Morfeo se presenta a Neo, luego de ser cautivado por Tri­nity, para ofrecerle dos pastillas: una es la ignorancia y la otra el conoci­miento sobre la Matrix y su híper-realidad. Neo (Anderson) escoge tomar la píldora que le permite desconectarse de la Matrix y acceder al mundo real. Erion y Smith (2005) retoman el debate haciendo una crítica efectiva sobre el escepticismo realista. Centrada la discusión sobre la película Ma­trix, donde una gran inteligencia artificial toma de los cuerpos encerrados la energía cerebral y ofrece un mundo "irreal" que es vivido resignando la capacidad de duda. Retomando el dilema de cerebro en una vasija de Put­nam (1993) y el cientificismo de Unger, Erion y Smith (2005), se cuestio­nan ¿cómo sabemos que nuestra realidad es otra cosa?, ¿no es la vida un gran sueño?, ¿tenemos acceso consciente al sentido de la realidad? Des­cartes (1961) parece haber planteado las bases teóricas para una solución radical. Partiendo de la base que el conocimiento requiere "certeza total", se entiende que "la verdad no puede ser aprehensible" a la mente huma­na, por lo tanto nadie puede conocer. Pero, sabemos qué es un sueño y qué es la realidad, nos damos cuenta que Matrix es un simple film. ¿Por qué sucede eso? Erion y Smith (2005) advierten que solo la vigilia puede engendrar la duda. Durante el sueño no podemos dudar que estamos so­ñando, de la misma forma que un alienado no se cuestiona su estado. La duda abre la puerta al "desierto de lo real" y por ende solo es una función ejercida desde la verdadera existencia.

Por el contrario, Nixon (2005) establece que la creencia solo puede ser confiable si hay un bagaje previo de creencias que así lo confirmen. Una persona no sigue una única creencia sino que se encuentra atado a una serie de diferentes ideas por medio de las cuales puede tomar una de­cisión respecto de lo que observa. El caso inverso demuestra que si la cau­sa de todo se reserva para una única razón, entonces siendo falsa todo lo demás lo es, y eso nunca ocurre. La idea de que Matrix sea el origen de todo lo que observamos, insiste el filósofo, descansa en una falsa quimera. ¿Por qué la identidad de una persona es tan importante para la vida?

Baudrillard sostenía que si había un mensaje ideológico que la Ma­trix quería que nosotros creamos y aceptemos sin cuestionamientos, ese es la existencia de una súper inteligencia que puede apartarnos de la realidad (Coulter 2012). La identidad, así formulada, no tiene ningún sentido de existir. Kornblith (2000) sostiene que cualquier proceso cognitivo que construye una creencia debe poder ser justificado. Cuando eso no sucede, el conocimiento dista de ser genuino. Las creencias suponen estatutos y reglas que permitan interpretar su funcionalidad para el sistema social. Vi­vimos en un mundo con otros, y en tanto existe un carácter social de la cognición, este debe ser validado por los expertos. Lo cierto es que comu­nicamos a otros nuestros hallazgos porque carecemos de verdaderos re­cursos para llegar a la verdad. Las creencias jamás pueden ser apartadas de su devenir histórico, aun cuando sean equivocadas. Por su parte, Hookway (2000) considera que el realismo epistémico depende de una cuestión de motivación en lugar de realidad per se. Si un prejuicio instin­tivo me lleva a cuestionar una verdad sin fundamentos, mi idea será un simple prejuicio. Pero esta duda me lleva a contrastar mi idea con otras que al igual que las mías pugnan por imponerse. Yo puedo incluso llegar a la verdad sentado en un parecer que no justifico racionalmente. Por ende, el conocimiento se distingue de la realidad por el hecho de ser motivado por una fuerza que va a descubrir lo que quiere descubrir. Reflexionar en este sentido asume dos problemas. Uno se refiere a la posibilidad de que nuestras técnicas de generar conocimiento sean en realidad mecanismos de afirmación de las propias expectativas. Segundo, que si el resultado es verdadero pero ha sido obtenido por métodos indignos, entonces deja de llamarse conocimiento.

Dos ideas centrales se debaten en el film. Una de ellas se refiere a lo que es o no real. La segunda, tal vez de mayor profanidad, pugna por el sentido mismo de la vida, en donde uno puede elegir una vida genuina plagada de obstáculos o entregarse al placer del hedonismo. Mientras Morfeo y su equipo van por la primera opción, el traidor "Cypher" decide entregarse nuevamente a la Matrix para maximizar el placer. El mundo de Matrix puede verse pero no sentirse. El sujeto queda apartado de la "ver­dad", en su condición de esclavo, por imposición de lo visual. La traición de "Cypher", no obstante, esconde un dilema. Desde el momento que Morfeo acepta que la realidad depende de los sentidos, él mismo está condenando su realidad a lo que experimenta. Cypher, además de algo cansado, desconfía de la realidad de Morfeo, retornando al nihilismo ori­ginal. Si "Cypher" está equivocado, también lo está "Morfeo", la realidad se define por algo más que la simple experiencia sensible (Korsmeyer 2005).

El mensaje central de Matrix es que una persona puede vivir en un mundo ficticio mientras su mente es encarcelada en la ilusión de la irreali­dad. La alegoría propuesta por Platón sobre la Caverna, inspirada por la vida de su maestro Sócrates, quien pagó las consecuencias de educar a la juventud, recuerda que el intelecto es un arma mucho más poderosa que su simple percepción. Comprender Matrix es ahondar en la profundidad de los miedos modernos al mundo cibernético como productor de reali­dad e identidad (Irwin 2005; Korsmeyer 2005). Empero, los resucitados de la Matrix no tiene identidad, no tienen una historia, son según los térmi­nos derrideanos sujetos fuera de la ley y del patrimonio, a quienes se les niega la hospitalidad (Derrida 2000).

 

La paranoia en la política

 

Si bien los problemas de la ideología -y su aliada inseparable la he­gemonía- han sido estudiados por las Ciencias Políticas, poca atención le ha prestado a la "conspiración" como construcción que se articula desde ese habitar político. Para varias corrientes y analistas, la figura de la teoría conspirativa obedece a deformaciones que no son constitutivas de la polí­tica, mucho menos de la democracia (Lipset & Raab 1978; Groh 1987; Hofman 1993; Catron & Harmon 1981; Alhouse 1983; Katyal 2003; Graham 2013). Para esta vertiente, en la mentalidad autoritaria existe la necesidad de justificar las acciones y lo hace por medio de la presencia de enemigos ficcionalizados (Arendt 2013).

En este punto, uno de los trabajos que va en una línea antagónica con esta forma de pensar es el libro del profesor Kelman (2012), titulado Counterfeits Politics, para quien la idea de una conspiración es propia de la política misma. Cruzando la frontera cultura de América Latina y An­glosajona, la conspiración intenta revelar un problema, un secreto y para ello necesita de políticas que de otra forma no serían aceptadas. Sin este juego, la autoridad no podría ser validada por la ciudadanía (no importa el partido político). Lejos de tratarse de una patología social, la teoría cons­pirativa representa un esfuerzo por darle sentido a un aspecto oscuro y re­primido de la historia: En palabras textuales Kelman advierte que:

 

Politics is not based on an ideology decided in advance, but it is rather consti­tuted through a specific type of narrative that is often called conspiracy theory. This type of theory is always a machination, that is, a narrative mechanism that secretes, as it were, ideological labels such as the right or the left. (Kelman 2012: 8)

 

La sugerencia de que la nación está en peligro debido a fuerzas que conspiran en la oscuridad puede solamente tomar fuerza por medio de una narrativa. Esta alegoría no exhibe un declinar de la política, sino el pa­saje de un régimen (gobierno) a otro. Pero es precisamente por este juego que la política persiste. Uno de los aportes conceptuales del trabajo de Kelman consiste en señalar que el hecho político ocurre cuando la comu­nidad se encuentra bajo amenaza. La literatura conspirativa puede ser equiparable a un detective que busca a un asesino. El detective tendrá éxi­to si logra descubrir el secreto e incriminar al autor del hecho, quien se re­siste a ser identificado. La paradoja radica en el siguiente axioma. La teo­ría conspirativa no solo puede ser comprendida como una laguna infor­mativa en donde poco se sabe, sino un salto de la imaginación. El político alude a la conspiración para llenar ese vacío, pero al hacerlo el hecho que denuncia nunca sucede en la realidad.

En este sentido, he hecho anteriormente una lectura y crítica del ar­gumento de Kelman, explicando que la ideología y la conspiración deben ser entendidas como dos polos antagónicos pero a la vez complementa­rios (ver Korstanje 2014). Si la teoría conspirativa cierra las puertas por las preguntas que deja abiertas la ideología, es imposible asumir que la cons­piración permita un cambio social. Lejos de pensar a la ideología como una cuestión ilusoria, sostengo que su función es conferir un manto de se­guridad a la ontología de la comunidad. Cuando el proceso ideológico fa­lla, la conspiración permite cerrar el círculo para que el productor de poder no pierda legitimidad. Si la maquinaria ideológica, por poner un ejemplo, ha hecho creer al mundo que Estados Unidos es una potencia económica y militar, el ataque al World Trade Centre de 2001 representa una grieta, una clara contradicción a ese discurso. Una respuesta tentativa, de la teo­ría conspirativa, de porqué este evento no fue prevenido apunta a que los altos funcionarios americanos necesitaban de un evento de este tipo para expandir su hegemonía. En consecuencia y al igual que la paranoia, la conspiración permite al poder político lograr una mejor adaptación ante eventos que se presentan como adversos a su narrativa ideológica.

 

El kirchnerismo y los Derechos Humanos

 

En abordajes anteriores, he criticado sustancialmente los usos y abusos que ha hecho el Kirchnerismo, como proyecto político, del tema de los derechos humanos, ya sea porque ha creado una brecha "esquizo-paranoica" entre causas y consecuencias de los hechos políticos, porque ha instalado canales de represión simbólica donde toma del miedo su ca­pacidad coactiva, o porque representa valores posmodernos nihilistas donde la inseguridad de lo cognoscible se reemplaza por la protección de la creencia (ver Skoll & Korstanje 2011; Korstanje 2011, 2012, 2013a). Siendo el cuerpo-desaparecido una cuestión sagrada para la mayoría de las religiones monoteístas (los cuerpos de los héroes fundadores de estas religiones nunca fueron encontrados), no es extraño observar que bajo ciertas manipulaciones políticas, la cuestión de los "desaparecidos" puede transformarse en un culto. No obstante, estos estudios no explican y des­criben como trabaja ni como se ha articulado la búsqueda del desapareci­do en la política latinoamericana.

Empero, para una correcta lectura del fenómeno es necesario refe­rirse a los hechos históricos de la forma más objetiva posible. El 24 de marzo de 1976, un golpe de Estado conducido por las autoridades cas­trenses argentinas, derroca al gobierno democrático argentino de María E. Martínez de Perón. Las fuerzas armadas se habían ocupado de la lucha contra la subversión un año antes (1975) gracias a los decretos presiden­ciales de "aniquilamiento" firmados por la depuesta presidenta. El régi­men militar estableció una política represiva que al principio acaparó a grupos radicalizados como "Montoneros", ERP, MTP y otros pero luego se extendió sobre los disidentes políticos. En lugar de declarar a los dete­nidos según los canales formales y legales vigentes, el gobierno desplegó su poder represivo para silenciar, doblegar y hacer "desaparecer" a una cantidad importante de ciudadanos argentinos. No menos cierto es que la llamada "subversión" parecía un problema serio para los gobernantes ar­gentinos ya que su accionar había causado, a través de sus atentados y di­versos secuestros, la muerte de setecientas once personas, entre las que se cuentan sindicalistas, diplomáticos, militares, dirigentes estudiantiles, e incluso disidentes (solo números atribuibles a Montoneros). Entre las víc­timas, se estima que el 42% no era personal militar. Varios oficiales de alto rango eran blancos de ataques terroristas, hecho por el cual la presidencia consideró necesario tomar como prioridad la lucha contra la subversión (Kekes 2005).

De acuerdo con sus profesiones, el 30% de los desaparecidos eran trabajadores/obreros, el 21% estudiantes universitarios, el 17.9% emplea­dos, 17.8% profesionales y apenas el 5.7% docentes entre otros. Cuando se indaga por el lugar de detención, la mayoría era capturado en el domi­cilio 62%, y en la vía pública 24.6% mientras el 7% era localizada por las fuerzas de seguridad en el trabajo. La cantidad oficial de desaparecidos fue de ocho mil novecientos sesenta y uno, según informes de la Secretaria de Derechos Humanos de la Nación (ver informe Nunca Más, CONADEP, 1984). No obstante, en el imaginario colectivo se habla de treinta mil per­sonas desparecidas.

Una vez retornada la democracia, el gobierno de Raúl Alfonsín lleva a cabo un juicio "ejemplificador" en donde por vez primera se condena a civiles y militares que habían participado en la lucha armada, conocida también como "guerra sucia". Los decretos de C. S. Menem no solo anu­laron los "juicios a las juntas", sino que dispusieron de la libertad de los detenidos por medio del indulto. Por último, los gobiernos de N. Kirchner y C. Fernández de Kirchner continuaron con el enjuiciamiento de perso­nal perteneciente a las fuerzas de seguridad que hubiesen incurrido en la violación de derechos humanos pero excluyendo a civiles como Mario Firmenich, Enrique Gorriaran Merlo, Norma Kennedy, Rodolfo Galimber­ti, entre otros muchos. Ello despertó la crítica de agrupaciones de familia­res de militares que argumentaron "una memoria completa". Por último, y no por ello menos importante, la desaparición forzosa condujo a miles de personas a buscar a sus familiares formando agrupaciones de diversa índole. La Agrupación "Abuelas de Plaza de Mayo" condujo, todos estos años, una campaña para identificar y "recuperar" a los niños nacidos en cautiverio o adoptados en forma ilegal durante el régimen militar. El fe­nómeno fue tan importante que algunos nietos recuperados fueron incor­porados a la política argentina como Victoria Donda o Juan Cabandié. In­dudablemente, la represión estatal, la subversión, los desaparecidos, y la memoria parecen haber tomado gran notoriedad en la discusión política de los argentinos.

En perspectiva, Guidotti-Hernández (2011) sugiere que el hecho de tomar como "rehenes" a los hijos de los enemigos asesinados representa no solo un botín de guerra para los vencedores sino que funciona como mecanismo de adoctrinamiento y aniquilamiento cultural. Los supervi­vientes saben que aun recuperando a sus seres queridos, ellos ya no son compatibles con la cultura de origen. El rehén ha sido educado y sociali­zado por los captores y esto representa una forma de aniquilamiento cul­tural e ideológico practicado desde antaño, una forma de violencia sola­pada pero poderosa. El cautivo abre y mantiene un puente simbólico entre dos culturas, brecha que se sostiene por medio de diversas negociaciones (Voigt 2009). Sin saberlo, el cautivo es portador de una dualidad biográfi­ca, la suya propia y la impuesta por una fuerza o violencia selectiva y si­lenciosa. En este sentido, la realidad ficcional del descendiente de desapa­recidos es comparable a la fábula de Matrix, en donde un buen día se es­coge un camino y las consecuencias de la verdad. Empero, si algo pode­mos tomar del argumento de Kelman es preguntarnos ¿hasta qué punto esa verdad es políticamente construida?

 

La filosofía de los desaparecidos

 

Una reflexión honesta requiere pensar que la víctima de represión y/o familiar de desaparecidos no ha elegido ser puesto en el lugar que por desgracia ocupa. La expectativa del superviviente a estos eventos de ex­trema violencia recuerda a los mecanismos adaptativos de aquellos que experimentan un desastre natural. Aun cuando, la mayoría de ellos atra­viesa un sentimiento de trauma y gran tristeza por la desolación que ha dejado el desastre, parece que no todo está perdido después de todo. Los dioses han sido benevolentes pues han protegido a los supervivientes y lo han hecho para que ellos cumplieran un fin. El superviviente, en este con­texto, considera que continúa existiendo por su fortaleza física y moral y, en cierta forma, se considera superior a otros que no han corrido igual suerte. Este proceso, parte integrante del mecanismo de resiliencia, es vi­tal para que el lazo social no decline. No obstante, cuando esta forma de pensar se hace estable en el tiempo adquiere una naturaleza patológica, pues el sujeto asume que puede atravesar todos los obstáculos por medio del dolor y el sufrimiento (Korstanje 2014b).

No es intención de este ensayo emitir un juicio sobre las organiza­ciones de Derechos Humanos marcados por esta triste tragedia de la his­toria argentina, sino evaluar los usos políticos, las tergiversaciones con­ceptuales hechas por el Kirchnerismo para acoplar como propia una causa tan rica en matices y sentidos, como las de otras tragedias. Nuestra tesis principal apunta a que "el proyecto Kirchnerista" ha tomado de la teoría conspirativa el discurso de lo "oculto" en donde lo político toma una con­notación negativa. Conspirar es equivalente a legislar de espaldas al pue­blo, o a negociar por fuera del poder político. Pero a la vez, hace del lema de los desaparecidos la inversión del valor anterior. El desaparecido es una causa que no solo debe ser reivindicada, sino que la búsqueda de sus hijos se hace prioridad estatal. La recuperación identitaria del desaparecido da sentido (con peso de verdad) a una vida de mentiras, ocultamiento e ile­galidad. En perspectiva, la palabra recuperar implica "arrancar" y modifi­car una "identidad" para transformarla en "histórica". Como Neo de la película Matrix, el "nieto recuperado" no saben quién realmente es, ha vi­vido por la fuerza sumido en un manto de mentira, su única razón de ser es su identidad, y en tanto descubierta la mentira el sujeto puede ser re­conducido a la vida que hubiese sido, si su rapto no se hubiese consuma­do, pero que en realidad no es. La persona es interpelada por una nueva identidad que le pide borrar su vida pasada, pero eso casi nunca sucede. La riqueza de la vida cultural implantada sobre esta persona lo acompaña­rá de por vida. Obviamente, las respuestas son de lo más diversas y van desde el rechazo absoluto, cuando el sujeto no se encuentra interesado por compartir sus vivencias con las Organizaciones de DDHH y decide seguir viviendo con su familia adoptiva, o un rechazo a la familia de adop­ción por las condiciones en las cuales fue "arrebatado" de los brazos de su familia biológica.

La función excepcional e ideológica de este proceso de interpelación se corresponde la idea de que una persona es su identidad. Como advierte Nixon (2005), esa no solo es una idea falsa sino subsumida en la simplifi­cación. Una persona se constituye como tal acorde a una serie de creen­cias que ella y otros mantienen en forma reflexiva sobre ella misma, algu­nas de esas creencias serán verdaderas y otras falsas. Como en Matrix, el éxito de la ideología postmoderna consiste en hacernos creer que la dico­tomía falso/verdadera adquiere valores absolutos, se está fuera o dentro de la Matrix. Al mismo momento que el "nieto recuperado" asume su nueva identidad, rechaza a la anterior. La paradoja es que precisamente su identidad "falsa" es aquella que lo determina biográficamente, pues es­tructura toda su cadena de experiencias. Cuando se accede a este cambio, se destruye la identidad biográfica para acceder a una nueva, la que deja de ser real debido a que contiene al hecho histórico; es decir no se ha su­cedido por el devenir natural del pasado. Una persona en estas condicio­nes empieza a ser quien no ha sido. Esta identidad "imposible" toma exis­tencia solo en el futuro destruyendo todo vínculo existencial del sujeto con su pasado y su experiencia.

La esencia misma de la tesis conspirativa, por medio de la cual el Kirchnerismo opera sobre los Derechos Humanos recuperando la identi­dad de miles de personas (aspecto ampliamente positivo de su política), es conducente a la política sobre los medios de comunicación (mostrando tal vez su cara más polémica). La noticia emitida por el medio que contradice mi propia narrativa no es algo cierta, o algo incierta, o tal vez inexacta. Los matices no aplican para una noticia que es catalogada como "mentira". Siendo la mentira "falsedad absoluta", el vocero queda invalidado para siempre aun cuando otras noticias sean "verdaderas". Más allá de los me­dios y sus intereses privados, la teoría conspirativa genera una nueva for­ma de hacer política en donde prima el clima esquizo-paranoide, donde las causas de los eventos no solos son tergiversadas sino que adquieren valores antagónicos para la comprensión del sujeto.

En épocas anteriores a este proyecto, los medios eran subjetivos acorde a la notifica que transmitieran, cada uno en forma preactiva sabía o elegía que producto consumir acorde a sus expectativas cognitivas y expe­rienciales. Al romper esta lógica bajo el mito absoluto de total verdad vs total falsedad, el Kirchnerismo busca dos cuestiones vitales de la política posmoderna. La primera es reducir la capacidad crítica de la propia comu­nidad frente a un enemigo siempre externo, ajeno, y cuyos intereses son perjudiciales para el bienestar común. Al mismo tiempo, construye un enemigo externo (al cual siempre necesita) para mantenerse en el poder. La diferencia con otros gobiernos, precisamente, radica en la ruptura epis­temológica (que permite la posmodernidad) de la realidad (como bien se discute en Matrix). Cabe aclarar que los organismos de Derechos Huma­nos no introdujeron esta forma de hacer política pero han sido involunta­riamente cooptados, y de este modo funcionales a ella. La teoría conspira­tiva, a diferencia de lo que piensa Kelman, no marca el pasaje político, sino que corrige las fallas de la ideología. Pero al hacerlo, genera dos realidades que se sustentan por el "secreto". Por ese motivo, no es extraño que las Organizaciones de Derechos Humanos sientan total agradeci­miento al proyecto Kirchnerista, como tampoco que este vea en la "recu­peración de los nietos" una política fértil para instalar su ruptura epistémi­ca primordial entre dos realidades antagónicas e irreconciliables. Esta forma de hacer política tiene resultados concretos en la dicotomiza­ción/fragmentación del universo electoral.

El héroe no existe fuera de la mentira y el ocultamiento. El proyecto Kirchnerista se sustenta sobre la quimera que proclama a quien tiene el poder como una entidad heroica, la cual debe echar luz sobre las sombras de la mentira. En estos términos, ello equivale a decir que el gobernante es portador de la verdad. Como se ha discutido, el discurso solo funciona cuando se toman valores absolutos para lo que es y lo que no es, y en este sentido se hace útil la alegoría postmoderna de la identidad. ¿Cómo salir de este laberinto epistemológico?, ¿en que se parece una pobre víctima de secuestro estatal y robo de identidad con un proyecto político?

Si como hemos dicho, la identidad del "nieto recuperado" jamás podrá ser una identidad posible porque su devenir histórico ya fue cons­truido, se entiende que su nueva identidad será posible en un futuro cer­cano. El "recuperado" sabe quién es ahora y quien será pero debe destruir su pasado. Ahora bien, como nadie puede garantizar que el futuro será como el recuperado lo imagina, simplemente su identidad se hace impo­sible. Esta misma lógica del cual el recuperado es víctima, se aplica políti­camente a los problemas que el kirchnerismo enfrenta a lo largo de sus tres mandatos sucesivos. El primer discurso emitido por la presidente C. F de Kirchner sobre la tragedia de Once donde cincuenta y un trabajadores perdieron la vida, no cuestionó las fallas de su propia gestión para contro­lar los subsidios y al sector privado que gestionaba el servicio, sino que anunció toda una serie de inversiones y mejoramientos para el futuro. Le­jos de cualquier auto-crítica, el discurso llevaba la impronta de lo que va a suceder a partir de la tragedia. Misma situación vuelve a repetirse respecto a las inundaciones de Buenos Aires y La Plata entre otros muchos (Korstanje 2013c).

 

Conclusión

 

¿Qué siente una persona a quien se le dice que su identidad es una farsa? Esta pregunta no solo se encuentra presente en la Saga Matrix, sino en la campaña de recuperación de nietos perdidos conducidos por Estela de Carlotto y las Abuelas de Plaza de Mayo, entre muchas otras organiza­ciones. Algunos se sentirán atraídos por la nueva identidad, mientras otros persistan en el mundo de su experiencia histórica. No obstante, esta asociación identitaria del ser y su devenir se hace problemática pues (de acuerdo con la lógica postmoderna) el "recuperado" destruye todo su pa­sado, por considerarlo falso. Otro aspecto importante de análisis, discuti­do en este trabajo, ha sido la fascinación que el Kirchnerismo, en tanto proyecto continuador del Menemismo, ha sentido por la causa de los "desaparecidos". La dicotomización radical por medio de la cual el kirch­nerismo puede producir política -creando dos realidades antagónicas- se construye por medio del discurso del desaparecido, donde los familiares "luchan" por recuperar la identidad perdida de sus familiares.

No sabemos si es que el kirchnerismo y su forma esquizo-paranoide de comprender el poder ha visto en las organizaciones de Derechos Hu­manos un fértil campo ideológico para desembarcar, o si genuinamente fueron estas últimas quienes inspiraron el proyecto kirchnerista de alguna forma que no podemos precisar ahora. Como sea, nuestra tesis es que "el poder de lo oculto" propuesto por el kirchnerismo para hacer política frente a un enemigo externo, se refuerza, desde lo interno, por medio de la búsqueda de una identidad perdida. Como bien advierte Kelman res­pecto a la teoría conspirativa, una de las mayores contradicciones y/o pa­radojas de la recuperación de las "identidades robadas" es que al hacerlo se niega la experiencia de sujeto y su pasado. Esta nueva identidad pro­puesta como real no tiene entidad en el presente, pues su razón de ser es negar el pasado. Por ese motivo, la identidad del desaparecido es imposi­ble y solo puede existir anclada en el futuro, es decir en el campo de lo "que no es".RM

 

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Sobre el autor

Maximiliano Korstanje es Profesor Investigador del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Palermo, Argentina. Ph.D. en Psicología por la Universidad de Palermo, Argentina. Sus líneas de investigación abarcan temas como: terrorismo, violencia, capitalismo, modernidad, riesgo, desastres naturales, islamismo, derechos humanos. Entre sus últimas publicaciones se destacan: Huntington and the Liberal Thought, Problems of Anglo-Democracy to Understand Politics [Revista Nómadas, 2013], Una introducción de los Derechos Humanos [Revista Argus-a, 2013], Riesgo y Seguridad: Hannah Arendt y la Construcción Política [Observaciones Filosoficas, 2013]

 

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Universidad de Palermo

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Recibido: Julio 2014

Aceptado: Agosto 2014